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Wherever I will be...
18 de febrero de 2012 | 4:39 p. m. | 0 Comentarios
Hacía tanto frío que costaba respirar. Bueno, me costaba respirar hiciera frío o calor. Ya hacía 2 meses que me diagnosticaron cáncer y aún sigo viviendo el momento en que lo hicieron. Era un chequeo rutinario de esos que te manda el médico porque vas a por una receta para antibióticos porque tienes anginas y ya aprovechan para "mirar si todo va bien". Lo único que quieren es tener a gente sentada delante de sus puertas aguardando su momento sin demasiada ansiedad porque no tienen nada mejor que hacer y, aún así, se quejan de que la consulta está siempre llena de enfermos que no están tan enfermos. Llegué el día que tocaba a la analítica y al parecer había cosas que estaban algo por encima de lo normal. Pensé que debía ser lo normal, al fin y al cabo no llevo una dieta del todo saludable y no hago más deporte que subir y bajar las escaleras. Me mandaron a hacerme una resonancia y un par de radiografías. Al verle la cara al señor que hacía las radiografías ya pude intuir que algo no iba del todo bien y que la causa no debía ser la mala dieta ni la ausencia de deporte. Al cabo de un par de semanas los resultados me llegaron con un papel que indicaba lo que tenía pero, sinceramente, no entendía nada, sólo sabía que tenía que volver a la consulta para que la doctora, en este caso, me explicara si todo iba bien o no. Llegué a la consulta y tras una larga pero no ansiada espera me tocó entrar detrás de un señor mayor que parecía tener problemas de pulmones porque no era normal su manera de respirar. La doctora, después de leer detenidamente el informe que le entregué, me miró un buen rato, se acomodó en la silla y me dijo que me tenía que explicar algo muy delicado y grave a la vez. En ese momento, mi corazón empezó a latir de una manera escandalosa, casi parecía que se me tenía que salir del pecho. Entonces lo dijo todo. Lo soltó de tal manera que no parecía importarle cómo iba a estar después, qué estado anímico presentaría e incluso si podía llegar a desmayarme. Pero así fue, lo dijo todo, sin pelos en la lengua, sencillo y escueto. Hoy, aun recuerdo ese latir de mi corazón, sus palabras y el pensamiento que se me vino a la cabeza: me muero. |